La celebración del Día de los Muertos proviene de “una conjunción entre dos culturas milenarias, la indoamericana y la europea, que se encontraron el siglo XVI”, dijo el sociólogo e investigador del Conicet Alberto Tasso. “La celebración fue impuesta en América junto a otras fechas del santoral, tales como Navidad o Reyes, y como ellas fue incorporada a la práctica popular”, agregó.
Sin embargo, “a diferencia de aquellas originarias de Palestina, Siria e Israel, el Día de los Muertos se sustenta en antiguas tradiciones de las culturas americanas, que tenían su propia cosmogonía”, explicó el sociólogo santiagueño, para quien desde esa visión “vida y muerte son complementarias y se necesitan, del mismo modo que el trabajo y el descanso, la vigilia y el sueño”.
“La fecha forma parte del calendario religioso cristiano desde hace siglos, cuando se decidió fijar un día para conmemorar la muerte de los mártires, sacrificados por los primeros emperadores del Imperio Romano hasta que Constantino I (llamado el Grande) admitió ese culto junto a otros de su extenso territorio que llegaba hasta Asia”, continuó.
Tasso caracterizó como “no menores” los alcances obtenidos por lo que llamó “la independencia cultural”, y sostuvo que “esta tarea, todavía en curso, está abriendo la puerta a una nueva lectura de la historia americana, al reconocimiento de identidades, culturas, lenguas y costumbres propias de nuestra región”.
“Entre ellas, está la tradición del culto a los muertos, en la que esas culturas en conflicto pudieron coincidir y de algún modo entremezclarse hasta lograr su forma actual, en la que pueden percibirse rasgos arcaicos y modernos”, consideró.

“El muerto tiene una vida por delante, que, como la anterior, tendrá también venturas y desventuras, espinas y flores”, indicó. “La naturaleza reproduce anualmente el ciclo de vida y muerte, expresadas en los términos quichuas muchuypacha (escasez o sequía invernal, en castellano) y pockoypacha (abundancia y florecimiento estival)”, dijo.
“Los pueblos que habitaban las costas del Misky y el Cachi Mayu –tonocotés y sanavirones, entre otros– honraban a sus muertos mediante rituales adaptados de costumbres andinas, que incluían la exhumación del cuerpo pasado un año y su nuevo enterramiento en vasijas de cerámica, o urnas, que guardaban los huesos”, detalló.
“Algunas de ellas fueron recuperadas por Emilio Wagner y unas pocas se conservan en los estantes del Museo Arqueológico de Santiago del Estero, hoy ubicado en el Centro Cultural del Bicentenario”, añadió el investigador.
El origen prehispánico del Día de Muertos
De acuerdo con Fray Diego Durán, existen dos rituales nahuas dedicados a los muertos: Miccailhuitontli o Fiesta de los Muertecitos, conmemorada en el noveno mes, equivalente al mes de agosto en el calendario gregoriano, y la Fiesta Grande de los Muertos, celebrada al mes siguiente.
Los indígenas concebían a la vida y la muerte como un concepto dialéctico. De acuerdo con fray Bernardino de Sahagún, los antiguos decían que cuando morían no perecían, sino que de nuevo comenzaban a vivir. La muerte era parte de un ciclo constante, dice Julieta Sanguino, en El País, desde México.
Del mismo modo, concebían a la siembra: un ciclo en el que debían cosechar los frutos para volver a sembrar. Temían que durante estos meses la siembra muriera pues era un tiempo de transición entre la sequía y la abundancia. El final del ciclo del maíz.
En la mayoría de las regiones mexicanas este es el momento de la cosecha. Para continuar el ciclo, se buscaba compartir con los ancestros el fruto de la siembra. Era un ritual de vida y muerte en el que presentaban sacrificios y ofrendas (por lo general cacao, dinero, cera, aves, frutas) para que la sementera creciera nuevamente.
De acuerdo con el sociólogo y antropólogo José Eric Mendoza Luján, más tarde, durante los años de la Conquista cambiaron las fechas para aparentar que celebraban las tradiciones cristianas en el mes de las ánimas –del mismo modo que rezaban a figuras religiosas católicas que tenían sus iglesias sobre templos ceremoniales indígenas–.
Más de 40 grupos indígenas, que superan los seis millones de personas, sostienen rituales asociados a esta celebración, según datos de la Secretaría de Cultura.
Celebrar en los cementerios
Después de la pandemia de cólera en 1833, dice la historiadora Elsa Malvido, los cadáveres debieron enterrarse en espacios abiertos, alejados de la población donde los muertos no pudieran contagiar a los vivos.
La dualidad y el sincretismo entre las tradiciones indígenas y católicas hicieron que la idea de venerar reliquias y orarles, se transformara en adorar a sus antepasados. Los cementerios transmutaron a un sitio ritual donde la convivencia ocurría y las tumbas se convirtieron en las nuevas reliquias durante el día de Todos los Santos.
Adornos, ofrendas y flores en las lápidas se unieron con el hambre de aquellos que iban a visitar a los muertos; puesto que después de su peregrinar, con mucha hambre, comían y bebían mientras convivían con la ofrenda y sus muertos.
CGP
Con información de la Agencia Télam y El País (España)
